Deja a un lado el tablero sobre el que redacta sus minutas de costas para que las examinen el maestro Goff y el maestro Shapland Tandy, archivando conformidades y registros comunes y una orden de Duces Tecum. Un marco de roble de bof sobre su cabeza calva: Requiescat de Wilde. El zumbido de su silbido equívoco hace volver a Walter.
—¿Sí, señor?
―Malta para Richie y Stephen, dile a mamá. ¿Dónde está?
—Bañando a Crissie, señor.
El compañerito de cama de papá.
Pedacito de amor.
—No, tío Richie…
―Llámame Richie.
Maldita sea tu agua litinada. Deprime.
¡Güisqui!
—Tío Richie, de verdad…
—Siéntete o, ¡por la ley, Harry!, te tumbaré de un golpe.
Walter busca en vano una silla con los ojos entrecerrados.
―No tiene dónde sentarse, señor.
―No tiene dónde ponerlo, imbécil. Trae nuestra silla Chippendale.
¿Te apetece picar algo? Aquí nada de tus malditas ínfulas de gran señora; ¿te apetece el rico jugo de una loncha frita con un arenque? ¿Seguro? Tanto mejor. No tenemos en casa más que pastillas para el dolor de espalda.