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Capítulo 9

una banda de sable una lanza de oro con punta de plata], honorificabilitudinitatibus, más querido que su gloria de mayor shakescene [sacudescenas] del país. ¿Qué hay en un nombre? Eso es lo que nos preguntamos en la infancia cuando escribimos el nombre que nos dicen que es nuestro. Una estrella, un lucero, un dragón de fuego nació con él. Brillaba de día en los cielos a solas, más brillante que Venus en la noche, y de noche brillaba sobre el delta en Casiopea, la constelación yacente que es la firma de su inicial entre las estrellas. Sus ojos la miraban, baja en el horizonte, al este de la Osa, mientras caminaba por los dormidos campos de verano a medianoche, regresando de Shottery y de los brazos de ella.

Ambos satisfechos. Yo también.

No le digas que tenía nueve años cuando se apagó.

Y de sus brazos.

Espera a que te cortejen y te conquisten. Ay, gallina. ¿Quién te va a cortejar?

Lee los cielos. Autontimerumenos. Bous Stephanoumenos. ¿Dónde está tu configuración? Stephen, Stephen, corta el pan de manera uniforme. S. D: sua donna. Già: di lui. Gelindo resuelve de no amar. S. D.

—¿Qué es eso, señor Dedalus? —preguntó el bibliotecario cuáquero—. ¿Era un fenómeno celestial?

—Una estrella de noche —dijo Stephen—, una columna de nube de día.

¿Qué más hay que

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