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1. Telémaco

y ounes. > Música lenta, por favor. Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Un pequeño problema con esos corpúsculos blancos. Silencio

Miró de soslayo hacia arriba y lanzó un silbido largo y bajo de llamada, luego hizo una pausa durante un buen rato con atención absorta, mientras sus dientes blancos y uniformes relucían aquí y allá con puntos de oro.

Crisóstomo.

Dos silbidos fuertes y estridentes respondieron a través de la calma.

—Gracias, viejo amigo —exclamó con energía—. Así estará bien. Desconecta la corriente, ¿quieres?

Saltó del afuste y miró gravemente a su observador, recogiendo en torno a sus piernas los pliegues sueltos de su sayo. La cara redonda y sombreada y la mandíbula ovalada y hosca recordaban a un prelado, mecenas de las artes en la edad media. Una sonrisa amable brotó silenciosamente en sus labios.

―Qué burla tan graciosa, dijo él alegremente. Tu nombre absurdo, un griego antiguo.

Señaló con el dedo en plan de broma amistosa y se fue hacia el pretil, riéndose para sus adentros. Stephen Dedalus dio un paso al frente, lo siguió cansadamente hasta la mitad y se sentó en el borde del afuste, sin dejar de mirarlo mientras apoyaba el espejo en el pretil, mojaba la brocha en la jofaina y se enjabonaba las mejillas y el

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