fantasma, al menos, ha sido conjurado para siempre. Murió, para la literatura al menos, antes de haber nacido.
—Ella murió —replicó Stephen—, sesenta y siete años después de haber nacido. Lo vio entrar y salir del mundo. Recibió sus primeros abrazos. Parió a sus hijos y le puso monedas en los ojos para mantenerle los párpados cerrados cuando él yacía en su lecho de muerte.
Lecho de muerte de mi madre. Vela. El espejo cubierto con sábanas. Quien me trajo a este mundo yace allí, con párpados de bronce, bajo unas pocas flores baratas. Liliata rutilantium.
Lloré a solas.
John Eglinton miró en el resplandor enmarañado de su lámpara.
—El