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Capítulo 11

un muro de cementerio. Él no ve mi luto. Calloso: todo para su propia panza. Musemáticas. Y tú que te crees que estás escuchando lo etéreo. Pero supongamos que lo dijeras así: Marta, siete veces nueve menos x es treinta y cinco mil. Cae de lo más plano. Es por culpa de los sonidos, eso es.

Instante el que toca ahora. Improvisando. Podría ser de tu gusto hasta que oyes la letra. Hay que escuchar con atención. Duro.

Empieza bien: luego oyes acordes un poco desentonados: te sientes un poco perdido. Metido y sacado de sacos sobre barriles, cruzando alambradas, carrera de obstáculos. El tiempo marca la melodía. Cuestión del estado de ánimo en que estés. Aun así, siempre es agradable de oír.

Salvo las escalas arriba y abajo, niñas aprendiendo. Dos juntas, las vecinas de al lado. Deberían inventar pianos mudos para eso. Blumenlied que le compré. El nombre. Tocándolo lento, una niña, la noche que llegué a casa, la niña. Puerta de los establos cerca de la calle Cecilia. Milly, ningún gusto. Raro porque los dos, o sea.

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