dinero —dijo el señor Deasy—. Él ganaba dinero. Un poeta pero un inglés también. ¿Sabe usted cuál es el orgullo de los ingleses? ¿Sabe cuál es la palabra más orgullosa que jamás oirá salir de la boca de un inglés?
El soberano de los mares. Sus ojos fríos como el mar contemplaban la bahía vacía: la culpa es de la historia: sobre mí y sobre mis palabras, sin odio.
―Que en su imperio, dijo Stephen, nunca se pone el sol.
—¡Bah! —exclamó el señor Deasy—. Eso no es inglés. Lo dijo un celta francés.
Golpes su hucha contra la uña del pulgar.