cara —le dijo Haines sonriendo.
Stephen llenó una tercera taza; una cucharadita de té tiñó levemente la espesa y rica leche. Buck Mulligan sacó un florín, lo hizo girar entre los dedos y exclamó:
—¡Un milagro!
Lo pasó por la mesa hacia la anciana, diciendo:
―No me pidas más, dulce. Todo lo que puedo darte, te lo doy.
Stephen depositó la moneda en su mano remisa.
―Debaremos dos peniques, dijo él.
—Tiempo de sobra, señor —dijo, tomando la moneda—. Tiempo de sobra. Buenos días, señor.
Hizo una reverencia y salió, seguida por el tierno canto de Buck Mulligan:
—Corazón de mi corazón, si fuera más, >