Mr Bloom miró hacia el coro. No va a haber música. Qué pena. ¿Quién tocará el órgano aquí, me pregunto? El viejo Glynn sabía hacer hablar a aquel instrumento, el vibrato: cincuenta libras al año dicen que cobraba en Gardiner street.
Molly estaba en buena voz aquel día, el Stabat Mater de Rossini. Primero el sermón del padre Bernard Vaughan. ¿Cristo o Pilato? Cristo, pero que no nos tengan toda la noche con lo mismo. Música era lo que querían. Cesaron los pasos de instrucción. Se habría podido oír caer un alfiler. Le dije que proyectara la voz hacia aquella esquina. Pude sentir el estremecimiento en el aire, lo lleno, la gente mirando hacia arriba:
Quis est homo?
Algo de esa vieja música sacra es espléndida.
- Mercadante: las siete últimas palabras.
- La duodécima misa de Mozart: el Gloria de esa.
Esos viejos papas eran unos entusiastas de la música, del arte, de las estatuas y los cuadros de todo tipo. Palestrina por ejemplo también. Se pegaban la gran vida mientras duraba. Sano también eso de cantar, horarios regulares, y luego destilar licores. Benedictina. Chartreuse verde.
Aun así, tener eunucos en su coro, eso ya era pasarse de la raya. ¿Qué clase de voz es esa? Debe de ser curioso de oír después de sus propios bajos rotundos. Connoisseurs. Supongo que después ya no sentirían nada. Como una placidez. Sin preocupaciones. Se ponen fofos, ¿no? Glotones, altos, patas largas. ¿Quién sabe? Eunuco. Una salida.