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Capítulo 13

cartílago mascado de chicle. El preservativo todavía en mi cartera. Causa de la mitad del lío. Pero podría pasar alguna vez, no creo. Adelante. Todo está preparado. Soñé. ¿Qué? Lo peor está empezando. Cómo cambian de tema cuando no es lo que les gusta. Te preguntan si te gustan los hongos porque ella conoció una vez a un caballero que. O te preguntan qué iba a decir alguien cuando cambió de opinión y se detuvo.

Y sin embargo, si me arriesgaba del todo, digamos: quiero, algo así. Porque lo hice. Ella también. Ofenderla. Luego hacer las paces. Fingir que se desea algo horribles, y luego rajarse por su bien. Les alienta la vanidad.

Todo el tiempo debió de estar pensando en otro. ¿Qué daño hay? A fuerza de haberlo hecho desde que tuvo uso de razón, él, él y él. El primer beso hace el milagro. El momento propicio. Algo dentro de ellos hace clic. Blangosos más o menos, se les nota en los ojos, a escondidas. Los primeros pensamientos son los mejores. Acuérdate de eso hasta el día de tu muerte.

Molly, el teniente Mulvey que la besó bajo la muralla morisca al lado de los jardines. Quince tenía cuando me lo dijo. Pero ya se le habían desarrollado los pechos. Se quedó dormida entonces. Después de la cena en Glencree, fue cuando volvimos a casa por la montaña de la pluma. Echando chispas con los dientes mientras dormía. El alcalde también le había echado el ojo. Val Dillon. Apopléjico.

Allí está con ellos allá abajo para los fuegos artificiales. Mis fuegos artificiales. Sube como un cohete, baja como un palo. Y los niños, mellizos deben ser, esperando que algo pase. Quieren ser grandes. Vistiéndose con la ropa de mamá. Tiempo de sobra, para entender todas las mañas

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