Cissy dijera una grosería así en voz alta, a ella le daría tanta vergüenza su vida que no podría decirlo, ruborizándose con un rojo muy intenso, y Edy Boardman dijo que estaba segura de que el caballero de en frente había oído lo que dijo. Pero a Ciss le importaba un bledo.
—¡Que se lo des! —dijo ella con un desenvuelto sacudida de cabeza y una picara inclinación de nariz—. Dáselo también a él en el mismo sitio tan pronto como lo miraría.
La alocada Ciss con sus rizos de negrito de trapo. Había que reírse de ella a veces.
Por ejemplo cuando te preguntaba si querías tomar un poco más de té chino y rambuesas jara y cuando además dibujaba las jarras y las caras de los hombres en sus uñas con tinta roja que te partías de risa o cuando quería ir a donde ya sabes dijo que quería ir corriendo a hacerle una visita a las señoritas White. Si es que era única, mi Cissycums.
Ay, y te acordarás jamás de la tarde en que se disfrazó con el traje y el sombrero de su padre y el bigote de corcho quemado y se bajó por la carretera de Tritonville, fumando un cigarrillo. No había quien le ganara en cuanto a bromas.
Pero ella era la sinceridad en persona, uno de los corazones más valientes y verdaderos que el cielo jamás hizo, nada de esas falsedades de doble cara, demasiado dulces para ser sanas.
Y entonces brotó en el aire el sonido de voces y el himno vibrante del órgano. Era el retiro de templanza de los hombres dirigido por el misisionero, el reverendo padre John Hughes S. J., rosario, sermón y bendición del Santísimo Sacramento. Estaban allí reunidos sin distinción de clase social (y era