un discurso más largo, con confianza.
—Irlandés —dijo Buck Mulligan—. ¿Sabes gaélico?
—Creí que era irlandés —dijo—, por el acento. ¿Es usted del oeste, señor?
—Soy inglés —respondió Haines.
—Es inglés —dijo Buck Mulligan—, y piensa que deberíamos hablar irlandés en Irlanda.
—Claro que deberíamos, dijo la vieja, y me da vergüenza no hablar el idioma yo misma. Me han dicho que es un idioma magnífico los que lo entienden.
―Magnífico es quedarse corto, dijo Buck Mulligan. Una auténtica maravilla. Sírvenos más té, Kinch. ¿Le apetece una taza, señora?
—No, gracias, señor —dijo la anciana, deslizándose el asa de la lechera en el antebrazo y dispuesta a