CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 495 de 864
Table of Contents

Capítulo 10

El padre Conmee pensó en aquella tiránica incontinencia, necesaria sin embargo para la raza de los hombres sobre la tierra, y en los caminos de Dios que no eran nuestros

Don John Conmee caminó y se movió en tiempos de antaño. Era humano y allí era honrado. Tenía presentes secretos confesados y sonreía ante sonrientes rostros nobles en un salón encerado con cera de abejas, de cielorraso con racimos repletos de fruta. Y las manos de una novia y de un novio, de noble a noble, fueron unidas por don John Conmee.

Era un día encantador.

El techadillo de la entrada de un campo le mostró al padre Conmee extensiones de coles que le hacían reverencias con sus amplias hojas inferiores. El cielo le mostró un rebaño de nubecillas blancas que avanzaban lentamente a favor del viento. Moutonner, decían los franceses. Una palabra familiar y exacta.

El padre Conmee, leyendo su breviario, contemplaba un rebaño de nubes corderiles sobre Rathcoffey. Sus tobillos de calcetines finos eran cosquilleados por los rastrojos del campo de Clongowes. Caminaba por allí, leyendo al atardecer, y escuchaba los gritos de las filas de muchachos en su juego, jóvenes gritos en la quietud de la tarde. Él era su rector: su reinado era benigno.

El padre Conmee se quitó los guantes y sacó su breviario de cantos rojos. Un marcapáginas de marfil le indicaba la página.

Nones.

495