con ungüentos su mano me tocó, acarició: sus ojos sobre mí no se apartaron. Arrobado sobre ella yací, labios llenos bien abiertos, besé su boca. Ñam. Suavemente ella me dio en la boca el pastelillo de semillas templado y masticado. Pasta empalagosa su boca había mascado dulce y agria con saliva. Alegría: me lo comí: alegría. Vida joven, sus labios que me daban haciendo pucheros. Labios de gomasuave, cálidos, pegajosos. Flores sus ojos eran, tómame, ojos dispuestos. Cayeron guijarros. Ella yacía inmóvil. Una cabra. Nadie. Allá arriba en Ben Howth rododendros una cabra lechal caminando con paso firme, soltando boñigas. Protegida bajo los helechos se rio plegada de calidez. Salvajemente yací sobre ella, la besé; ojos, sus labios, su cuello estirado, latiendo, los pechos de mujer llenos en su blusa de velo de monja, los pezones gordos erectos. Caliente la lambisquieé con la lengua. Me besó. Fui besado. Toda entrega revolvió mi cabello. Besada, me besó.
Yo.
Y yo ahora.
Atascadas, las moscas zumbaban.
Sus ojos abatidos siguieron las silenciosas vetas de la plancha de roble. Belleza: se curva: las curvas son la belleza. Diosas gráciles, Venus, Juno: curvas que el mundo admira. Pueden verse en la biblioteca museo de pie en la rotonda, diosas desnudas. Ayudas para la digestión. Les da igual qué hombre mire. Todas