abuelas, presidiarios con agujeros de cerradura, reinas con toros de concurso. El hijo no nacido afea la hermosura: nacido, trae dolor, divide el afecto, acrecienta la zozobra. Es un varón: su desarrollo es la decadencia de su padre, su juventud la envidia de su padre, su amigo el enemigo de su padre.
En la rue Monsieur-le-Prince lo pensé.
―¿Qué los une en la naturaleza? Un instante de celo ciego.
¿Soy un padre? ¿Y si lo fuera?
Mano encogida e incierta.
—Sabelirio, el africano, el más sutil hereje de todas las bestias del campo, sostuvo que el Padre era Él Mismo Su Propio Hijo. El bulldog de Aquino, para quien ninguna palabra será imposible, lo refuta.
Bien: si el padre que no tiene hijo no es un padre, ¿puede el hijo que no tiene padre ser un hijo?
Cuando Rutlandbaconsouthamptonshakespeare u otro poeta del mismo nombre en la comedia de equivocaciones escribió Hamlet no era meramente el padre de su propio hijo sino que, no siendo ya un hijo, era y se sentía el padre de toda su raza, el padre de su propio abuelo, el padre de su nieto no nato que, a decir verdad, nunca nació porque la naturaleza, tal como el señor Magee la entiende, aborrece la perfección.
Ojos de eglantina, rápidos de placer, miraron hacia arriba con tímido brillo. Alegremente