negado a algún extraño que, tal vez, esté hambriento de él. Los judíos, a quienes los cristianos tachan de avariciosos, son de todas las razas la más dada a la endogamia. Las acusaciones se hacen encolerizadas. Las leyes cristianas que acumularon los tesoros de los judíos (para quienes, como para los lolardos, la tormenta era refugio) ataron también sus afectos con aros de acero. Si esto son pecados o virtudes el viejo Papá-Nadie nos lo dirá en el tribunal del juicio final. Pero un hombre que se aferra con tanta fuerza a lo que llama sus derechos sobre lo que llama sus deudas se aferrará también con fuerza a lo que llama sus derechos sobre aquella a quien llama su esposa. No señor sonríe vecino codiciarás su buey ni su esposa ni su criado ni su criada ni su asno.
―O su burra, antifonó Buck Mulligan.
—Al amable Will lo están tratando con aspereza —dijo el amable señor Best amablemente.
—¡Qué voluntad! —batió graciosamente Buck Mulligan—. Nos estamos confundiendo.
—La voluntad de vivir, filosofaba John Eglinton, para la pobre Ann, la viuda de Will, es la voluntad de morir.
―¡Requiescat! ―rezó Stephen.
¿Qué fue de toda la voluntad de obrar? Se desvaneció hace mucho tiempo...
—Yace allí, tendida con rígida severidad en esa segunda mejor cama, la reina turbada, aun cuando demuestres que una