pesadas de los pastizales de Lush y Rush y Carrickmines y de los valles fluyentes de Thomond, de los inaccesibles montes M’Gillicuddy y el lordly Shannon el inescrutable, y de las suaves pendientes del lugar de la raza de Kiar, sus ijares distendidos con superabundancia de leche y moldes de mantequilla y cuajos de queso y barriletes de granjero y rodelas de cordero y cuévanos de grano y huevos oblongos, en grandes centenares, varios en tamaño, el ágata con el pardo.
Así que entramos en lo de Barney Kiernan y allí estaba con toda seguridad el ciudadano en el rincón teniendo una gran charla consigo mismo y ese maldito chucho sarnoso, Garryowen, y él esperando a ver qué le caía del cielo en forma de trago.
―Ahí lo tienes, digo yo, en su cuchitril, con su cruiskeen lawn y su montón de papeles, trabajando por la causa.
El maldito chucho soltó un gruñido que te ponía los pelos de punta. Sería una obra de misericordia que alguien le quitara la vida a ese perro asqueroso. Me consta de buena fuente que se comió buena parte de los calzones de un gendarme en Santry que vino una vez con un papel azul sobre la licencia.
—La bolsa o la vida, dice él.
—Está bien, ciudadano —dice Joe—. Aquí hay amigos.
—Pasen, amigos, dice.
Entonces se frota la mano en el ojo y dice:
―¿Cuál es su opinión sobre los tiempos que corren?
Haciendo el rapparee y al Rory of the hill. Pero, caramba, Joe estuvo a la altura de las circunstancias.
—Creo que los mercados