Y apretándole la mano a Bloom haciendo la tragedia para decirle eso. Estrecha la mano, hermano. Tú eres un bribón y yo soy otro.
—Permítase me —dijoÉl—, confiar tanto en nuestro conocimiento que, por leve que pueda parecer si se juzga por el mero criterio del tiempo, se funda, como espero y creo, en un sentimiento de estima mutua, como para pedirle a usted este favor. Pero, si hubiera traspasado los límites de la reserva, que la sinceridad de mis sentimientos sirva de excusa para mi atrevimiento.
—No —replicas el otro—, aprecio en todo su valor los móviles que guían su conducta y desempeñaré el encargo que me confía con el consuelo de pensar que, aunque la misión sea de dolor, esta prueba de su confianza endulza en cierta medida la amargura del cáliz.
—Entonces permitidme tomar vuestra mano —dijo él—. La bondad de vuestro corazón, estoy seguro, os dictará mejor que mis inadecuadas palabras las expresiones más adecuadas para transmitir una emoción cuya intensidad, si diera rienda suelta a mis sentimientos, me privaría incluso del habla.
Y zafarse y a la calle a intentar andar derecho. Tajado a las cinco. La noche en que estuvo a punto de chupar trena, solo Paddy Leonard conocía al madero, 14 A. Ciego perdido en un figón de la calle Bride después de la hora de cierre, fornicando con dos chales y un matón de guardia, bebiendo porter en tazas de té. Y haciéndose pasar por gabacho ante los chales, Joseph Manuo, y rajando contra la religión católica y él sirviendo misa en los Padres Franciscano-Dominicos de Adam