Siempre está haciéndole un favor a alguien. ¡Espera un momento!
Se puso las gafas y contempló el puente de metal un instante.
―Ahí está, por Dios, dijo, de cuerpo entero.
El amplio chaquetón azul y el sombrero cuadrado de Ben Dollard sobre unos pantalones anchos cruzaban el muelle a buen paso desde el puente de metal. Se acercó a ellos al trote largo, rascándose enérgicamente la espalda por debajo de los faldones.
Al acercarse, el señor Dedalus saludó:
―Detengan a ese tipo de los malos pantalones.
―Sosténlo ahora, dijo Ben Dollard.
El señor Dedalus examinó con desdén frío y errabundo varios puntos de la figura de Ben Dollard. Luego, volviéndose hacia el padre Cowley con una seña de cabeza, murmuró con burla:
―Es una prenda bonita, ¿verdad?, para un día de verano.
—¡Que Dios maldiiga eternamente tu alma, gruñó furioso Ben Dollard, si yo he tirado a la basura más ropa en mi vida de la que tú has visto en la tuya!
Él se paró junto a ellos radiante de felicidad, primero mirándolos a ellos y luego a sus holgados trajes de cuyas solapas el señor Dedalus quitaba pelusa, diciendo:
—De todos modos, se hicieron para un hombre con salud, Ben.
—Mal rayo parta al judío que los hizo —dijo Ben Dollard—. Gracias a Dios que aún no se los han pagado.
―Y qué tal esa voz de bajo profundo, Benjamin,