cesta y su bolsa de la compra: y el padre Conmee vio al cobrador ayudarla a bajar a ella, a la bolsa y a la cesta; y el padre Conmee pensó que, como casi había pasado el límite del billete de un penique, ella era una de esas buenas almas a las que siempre hay que decirles dos veces Dios te bendiga, hija mía, que ya han sido absolutas, reza por mí. Pero tenían tantas preocupaciones en la vida, tantos cuidados, las pobres criaturas.
Desde las vallas publicitarias, Míster Eugene Stratton le sonrió con gruesos labios de negro al padre Conmee.
El padre Conmee pensó en las almas de los hombres negros y marrones y amarillos y en su sermón de san Pedro Claver S. I. y en la misión africana y en la propagación de la fe y en los millones de almas negras y marrones y amarillas que no habían recibido el bautismo de agua cuando les llegó su última hora como un ladrón en la noche. Aquel libro del jesuita belga, Le Nombre des Élus, le pareció al padre Conmee una defensa razonable. Eran millones de almas humanas creadas por Dios a Su propia imagen a las cuales no se les había llevado (D. V.) la fe. Pero eran almas de Dios creadas por Dios. Le parecía al padre Conmee una lástima que se perdieran todas, un