los agujeros porosos. ¿Nada que pueda comer? Miró a su alrededor. No.
Con botas silenciosamente crujientes subió la escalera hacia el recibidor, se detuvo junto a la puerta del dormitorio.
Quizá le apetezca algo rico. Pan fino con mantequilla le gusta por la mañana. Aunque tal vez: de vez en cuando.
Él dijo suavemente en el vestíbulo vacío:
―Voy a la vuelta de la esquina. Vuelvo en un minuto.
Y cuando oyó que su propia voz lo decía, añadió:
—¿No quieres nada de desayunar?
Un ronquido suave y adormilado respondió:
―Mn.
No. Ella no quería nada. Oyó entonces un suspiro cálido y pesado, más suave, al volverse ella y tintinear los flojos aros