señor Bloom para tomar una pala ociosa.
―¡Oh, discúlpeme!
Se hizo a un lado con agilidad.
Arcilla, marrón, húmeda, empezó a verse en el hoyo. Subió. Casi terminado. Un montón de terrones húmedos subió más, subió, y los sepultureros descansaron las palas. Todo destapado otra vez por unos instantes. El muchacho apoyó su corona contra una esquina: el cuñado la suya en un terrón. Los sepultureros se pusieron las gorras y llevaron sus palas llenas de tierra hacia la carretilla. Luego golpearon las hojas ligeramente contra el césped: limpias. Uno se agachó para arrancarle al mango un largo mechón de hierba. Uno, dejando a sus compañeros, se alejó despacio con el arma