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Capítulo 9

persecución. Sin conocer a la raposa, caminando solo en la batida. Mujeres que se ganó para sí, gente tierna, una ramera de Babilonia, damas de jueces, esposas de taberneros bravucones. Zorro y gansos. Y en New Place un cuerpo lacio y deshonrado que una vez fue agraciado, una vez tan dulce, tan fresco como la canela, ahora sus hojas cayendo, todas, desnudas, aterrorizadas de la tumba angosta y sin el perdón.

—Sí. Así que piensas…

La puerta se cerró tras el que se marchaba.

El reposo se adueñó de repente de la discreta celda abovedada, reposo de aire cálido y meditabundo.

La lámpara de una vestal.

Aquí medita sobre cosas que no fueron:

  • lo que César habría vivido para hacer si hubiera creído al adivino:
  • lo que pudo haber sido:
  • posibilidades de lo posible como posible:
  • cosas no sabidas:
  • qué nombre llevó Aquiles cuando vivió entre las mujeres.

Pensamientos en ataúd a mi alrededor, en cajas de momias, embalsamados en especias de palabras.

Tot, dios de las bibliotecas, un dios pájaro, coronado de luna. Y oí la voz de aquel sumo sacerdote egipcio. En cámaras pintadas repletas de libros de azulejos.

Están quietos. Una vez rápidos en los cerebros de los hombres. Quietos: pero una picazón de muerte hay en ellos, para contarme al oído un cuento sensiblero, instarme a cumplir su voluntad.

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