en un beso suntuoso y voluptuoso mientras sus manos tanteaban las opulentas curvas bajo su negligé.
Sí.
Toma esto.
Fin.
―Llegas tarde ―dijo con voz ronca, mirándola con recelo. La hermosa mujer se quitó el abrigo con rebordes de marta, dejando al descubierto sus hombros regios y su palpitante esplendidez. Una sonrisa imperceptible jugueteó en sus labios perfectos mientras se volvía hacia él con calma.
El señor Bloom leyó de nuevo:
La hermosa mujer.
El calor se derramaba suavemente sobre él, amedrentando su carne. La carne cedía entre ropas arrugadas. Blancos de ojos que desvanecían hacia arriba. Sus fosas nasales se arqueaban en busca de presa. * Ungüentos derretidos para el pecho ( ¡para él! ¡Para