interesante, y se encontraba además en el umbral fugaz de la mujer, su aspecto atrajo sobre ella algunas miradas furtivas de los holgazanes en las calles de Chaseborough; de ahí que, aunque a veces hiciera el viaje al pueblo sola, siempre buscaba a sus compañeras al caer la noche para contar con la protección de su compañía en el camino de vuelta.
Esto había continuado durante un mes o dos cuando llegó un sábado de septiembre en el que coincidían una feria y un mercado; y los peregrinos de Trantridge buscaron por ello doble deleite en las posadas.
Las ocupaciones de Tess hicieron que saliera tarde, de modo que sus compañeras llegaron al pueblo mucho antes que ella. Era una hermosa tarde de septiembre, justo antes de la puesta del sol, cuando las luces amarillas luchan con las sombras azules en líneas finas como cabellos, y la atmósfera misma forma un paisaje sin la ayuda de objetos más sólidos, a excepción de los innumerables insectos alados que bailan en ella.
A través de esta neblina de escasa luz, Tess caminaba sin prisa.
No descubrió la coincidencia del mercado con la feria hasta que hubo llegado al lugar, momento en el cual ya rayaba el anochecer. Sus limitadas compras no tardaron en concluir; y entonces, como de costumbre, empezó a buscar por los alrededores a alguno de los aldeanos de Trantridge.
Al principio no pudo encontrarlos, y le informaron de que la mayoría había ido a lo que llamaban un pequeño baile privado en la casa de un prensador de heno y mercader de turba que tenía tratos con su granja.
Vivía en un rincón apartado de la pequeña localidad, y al tratar de orientarse hacia allí, sus ojos tropezaron con el señor d'Urberville, que estaba de pie en la esquina de una calle.
—¿Qué... mi Bella? ¿Tú aquí tan tarde? —dijo él.
Ella le dijo que simplemente esperaba compañía para el camino a casa.