Dejar la granja un día laborable no estaba en su poder; el domingo era la única oportunidad posible. Al encontrarse Flintcomb-Ash en medio de la meseta cretácica a la que ningún ferrocarril había ascendido todavía, sería necesario ir a pie. Y como la distancia era de quince millas en cada dirección, tendría que concederse un largo día para la empresa levantándose temprano.
Dos semanas más tarde, cuando la nieve se hubo marchitado y había sido sucedida por una fuerte helada seca, ella aprovechó el estado de los caminos para probar el experimento.
A las cuatro de la mañana de aquel domingo bajó las escaleras y salió a la luz de las estrellas. El tiempo seguía siendo favorable, y el suelo resonaba bajo sus pies como un yunque.
Marian e Izz estaban muy interesadas en su excursión, sabiendo que el viaje concernía a su marido. Sus aposentos estaban en una casita un poco más allá en el camino, pero vinieron y ayudaron a Tess en su partida, y sostuvieron que debía arreglarse con sus mejores galas para cautivar los corazones de sus suegros; aunque ella, con conocimiento de los austeros y calvinistas principios del viejo señor Clare, se mostraba indiferente y hasta dudosa.
Había transcurrido ya un año desde su triste matrimonio, pero había conservado suficientes ropas de los restos de su por entonces rico guardarropa para vestirse con mucho encanto como una simple muchacha de campo sin pretensiones de la moda reciente; un suave vestido de lana gris, con gorgueras de crespón blanco contra la piel rosada de su rostro y su cuello, y una chaqueta y un sombrero de terciopelo negro.
—¡Es una lástima infinita que tu esposo no pueda verte ahora; de verdad estás preciosa! —dijo Izz Huett, contemplando a Tess mientras esta se hallaba en el umbral, entre la luz estelar acerada de fuera y la luz amarilla de las velas de dentro.