Permanecieron en gran quietud hasta que el celador debió de venir a cerrar las ventanas: como precaución, se pusieron en total oscuridad cerrando los chubesquis como antes, no fuera que la mujer abriera la puerta de su estancia por cualquier motivo fortuito.
Entre las seis y las siete vino, pero no se acercó al ala en la que se encontraban. Los oyeron cerrar las ventanas, asegurarlas, echar la llave e irse.
Entonces Clare volvió a robar una rendija de luz de la ventana, y compartieron otra comida, hasta que al poco tiempo se vieron envueltos en las sombras de la noche que no tenían vela alguna para disipar.