Mirándolo de este modo, descubrió que la vida podía verse con la misma magnitud aquí que en cualquier otro lugar.
A pesar de su heterodoxia, sus defectos y sus debilidades, Clare era un hombre de conciencia. Tess no era una criatura insignificante con la que jugar y a la que desechar; sino una mujer que vivía su preciosa vida —una vida que, para ella misma, que la sufría o la disfrutaba, poseía una dimensión tan grande como la vida del más poderoso para consigo mismo. De sus sensaciones dependía el mundo entero para Tess; a través de su existencia existían todos sus semejantes, para ella. El universo mismo solo cobró existencia para Tess el día en particular del año en particular en que nació.
Esta conciencia en la que se había entrometido era la única oportunidad de existencia jamás concedida a Tess por una Causa Primera indiferente: su todo; su única y exclusiva posibilidad.
¿Cómo iba entonces a considerarla de menor importancia que a sí mismo; como a una bonita nadería a la que acariciar y de la cual cansarse; y no a tratar con la máxima seriedad el afecto que sabía que había despertado en ella —tan ferviente y tan impresionable como era bajo su reserva—, para que este no la atormentara y la destruyera?
Encontrarla a diario de la manera habitual equivaldría a desarrollar lo que había comenzado.
Viviendo en relaciones tan estrechas, encontrarse significaba caer en el cariño; la carne y la sangre no podían resistirlo; y, no habiendo llegado a ninguna conclusión sobre el desenlace de tal tendencia, decidió mantenerse al margen por el momento de ocupaciones en las que estuvieran mutuamente comprometidos.
Hasta entonces, el daño causado era pequeño.