El campo ya había sido «abierto»; es decir, se había cortado a mano un sendero de pocos pies de ancho a través del trigo a lo largo de toda la circunferencia del campo para el primer paso de los caballos y la máquina.
Dos grupos, uno de hombres y muchachos y el otro de mujeres, habían bajado por el camino justo a la hora en que las sombras de la parte alta del seto oriental alcanzaban la mitad del seto occidental, de modo que las cabezas de los grupos disfrutaban del amanecer mientras sus pies aún estaban en la madrugada. Desaparecieron del camino entre los dos postes de piedra que flanqueaban la puerta del campo más cercano.
Al poco rato surgió de su interior un tictac semejante al cortejo del saltamontes. La máquina había empezado, y sobre la cancela se dejó ver una concatenación en movimiento de tres caballos y la susodicha larga y destartalada máquina; un arriero iba sentado sobre uno de los caballos de tiro, y un ayudante en el pescante del apero.
Bordeando uno de los lados del campo avanzó todo el carretón, con los brazos de la segadora mecánica girando lentamente, hasta que descendió por la colina perdiéndose por completo de vista.
En un minuto apareció por el otro lado del campo al mismo paso uniforme; lo primero que llamaba la atención al asomar sobre el rastrojo era la reluciente estrella de latón en la frente del caballo delantero, luego los brazos brillantes y, a continuación, la máquina entera.
El estrecho carril de rastrojo que rodeaba el campo se hacía más ancho con cada vuelta, y el maíz en pie se reducía a un área más pequeña a medida que avanzaba la mañana. Conejos, liebres, culebras, ratas, ratones, se retiraban hacia el interior como en una fortaleza, ajenos a la naturaleza efímera de su refugio, y a la perdición que les aguardaba más tarde, cuando, al encogerse su escondite