rama ahorquillada y descortezada de un roble fijada allí con ese propósito; todos ellos listos y secos para el ordeño de la tarde. Angel entró, y recorrió los pasillos silenciosos de la casa hasta las dependencias traseras, donde escuchó un momento. Unos ronquidos sostenidos venían del cobertizo de los carros, donde algunos de los hombres estaban tumbados; el gruñido y el chillido de los cerdos sofocados surgían desde aún más lejos. Las plantas de ruibarbo y de col de hojas grandes dormían también, sus amplias superficies lacias colgaban al sol como paraguas semiciertos.
Él desensilló y alimentó a su caballo, y cuando volvió a entrar en la casa el reloj dio las tres.
Las tres era la hora de espumar la leche por la tarde; y, al compás de la última campanada, Clare oyó el crujido de las tablas del suelo arriba, y luego el roce de un pie que bajaba por la escalera. Era el de Tess, que un instante después apareció ante sus ojos.
Ella no le había oído entrar y apenas se daba cuenta de su presencia allí.
Estaba bostezando, y él vio el rojo interior de su boca como si fuera el de una serpiente. Había estirado un brazo tan alto por encima de su trenza de cabello enroscada que él pudo ver su delicadeza satinada por encima de la quemadura del sol; su rostro estaba sonrosado por el sueño y sus párpados pesaban sobre sus pupilas.
La plenitud desbordante de su naturaleza emanaba de ella. Era un momento en el que el alma de una mujer se encarna más que en cualquier otro; en el que la belleza más espiritual se proclama carne; y el sexo ocupa el primer plano en la manifestación.
Entonces aquellos ojos brillaron intensamente a través de su pesado velo, antes de que el resto de su rostro terminara de despertar. Con una