la madre, se habían emborrachado en ocasiones, los niños menores rara vez habían ido a la iglesia y la hija mayor había hecho extrañas alianzas. De algún modo había que mantener puro el pueblo. Así pues, en aquel primer 25 de marzo en que los Durbeyfield podían ser expulsados, la casa, por ser espaciosa, se le exigió a un carretero con una familia numerosa; y la viuda Joan, sus hijas Tess y ’Liza-Lu, el muchacho Abraham y los niños más pequeños tuvieron que irse a otra parte.
En la tarde anterior a su desalojo, oscurecía temprano debido a una llovizna que desdibujaba el cielo. Como era la última noche que pasarían en la aldea que había sido su hogar y lugar de nacimiento, la señora Durbeyfield, ’Liza-Lu y Abraham habían salido a despedirse de unos amigos, y Tess se quedaba cuidando la casa hasta que regresaran.
Estaba arrodillada en el banco del alféizar, con la cara pegada a la ventana, por cuyo cristal interior se deslizaba otro cristal exterior de agua de lluvia.
Sus ojos se posaron en la telaraña de una araña, probablemente muerta de hambre hacía mucho tiempo, colocada por error en un rincón adonde jamás llegaban las moscas, y que temblaba con la leve corriente de aire que sefiltraba por la ventana.
Tess reflexionaba sobre la situación del hogar, en el que percibía su propia influencia nefasta. De no haber vuelto a casa, a su madre y a los niños probablemente se les habría permitido seguir como inquilinos semanales. Pero había sido vista casi nada más regresar por unas personas de carácter escrupuloso y gran influencia: la habían visto holgazanear en el cementerio, restaurando lo mejor que podía con una pequeña paleta la tumba borrada de un bebé. Por este medio se habían enterado de que volvía a vivir allí; a su madre la habían reprendido por «darle cobijo»; se habían sucedido las réplicas tajantes por parte de Joan, quien por su cuenta se había ofrecido a marcharse inmediatamente; le habían tomado la palabra; y he aquí el resultado.