Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
Página 439 de 608
Table of Contents

XLIII

El cielo llevaba, en otro color, la misma semejanza; una vacuidad blanca de semblante con los rasgos borrados. Así, estos dos rostros, el superior y el inferior, se confrontaban todo el día, el rostro blanco mirando hacia abajo al rostro marrón, y el rostro marrón mirando hacia arriba al rostro blanco, sin que mediara entre ellos otra cosa que las dos muchachas gateando sobre la superficie del primero como moscas.

Nadie se acercaba a ellas, y sus movimientos mostraban una regularidad mecánica; sus formas aparecían envueltas en delantales hessianos de arpillera (“wroppers”), mandiles marrones con mangas, atados por detrás hasta abajo para evitar que los vestidos se les volaran, faldas escuetas que dejaban ver botas de caña alta sobre los tobillos, y guantes de piel de oveja amarilla con manoplas.

El carácter pensativo que la capucha con visillo confería a sus cabezas inclinadas le habría recordado al observador alguna temprana concepción italiana de las dos Marías.

Trabajaron hora tras hora, ajenos al aspecto desolado que ofrecían en el paisaje, sin pensar en la justicia o injusticia de su suerte. Aun en una situación como la suya era posible existir en un sueño.

Por la tarde volvió a llover, y Marian dijo que no necesitaban trabajar más. Pero si no trabajaban no les pagarían; así que siguieron trabajando. Era este un campo tan elevado que la lluvia ni siquiera caía, sino que corría horizontalmente impulsada por el viento ululante, clavándose en ellos como astillas de vidrio hasta empaparlos por completo.

Tess no había sabido hasta entonces lo que eso significaba realmente. Hay grados de humedad, y en el habla común se llama estar empapado a muy poca cosa. Pero estar trabajando lentamente en un campo y sentir el avance del agua de lluvia, primero en las piernas y los hombros, luego en las caderas y la cabeza, después en la espalda, el pecho y los costados, y aun así seguir trabajando hasta que la luz plomiza disminuye y señala que el sol se ha puesto, exige una dosis clara de estoicismo, incluso de valor.

439