Nochebuena entonces, pero se le ocurrió jugarle una mala pasada al toro. Así que irrumpió con el Himno de la Natividad, tal como en el canto de villancicos navideños; cuando, ¡válgame Dios!, el toro se dejó caer sobre sus rodillas dobladas, en su ignorancia, exactamente como si fuera la verdadera noche y hora de la Natividad. Tan pronto como su amigo astado estuvo abajo, William dio media vuelta, salió pitando como un lebrel y saltó el seto sano y salvo, antes de que el toro rezador se hubiera puesto en pie de nuevo para ir tras él. William solía decir que había visto a un hombre cara de tonto muchas veces, pero nunca con una cara de tonto tal como la que puso aquel toro cuando descubrió que habían jugado con sus sentimientos piadosos y que no era Nochebuena. … Sí, William Dewy, ese era el nombre del hombre; y puedo decirle al pie de la letra dónde está enterrado en el cementerio de la iglesia de Mellstock en este mismo instante: justo entre el segundo tejo y la nave norte.
—Es una historia curiosa; ¡nos transporta a los tiempos medievales, cuando la fe era algo vivo!
La observación, singular en un corral de ordeño, fue murmurada por la voz detrás de la vaca oscura; pero como nadie entendió la referencia, no se le hizo caso, excepto que el narrador pareció pensar que podía implicar escepticismo hacia su relato.
“Bueno, es bien verdad, señor, sea como fuere. Conocía yo bien al hombre”.
—Oh, sí; no me cabe la menor duda —dijo la persona detrás de la vaca parda.
La atención de Tess quedó así atraída por el interlocutor del lechero, de quien solo alcanzaba a ver un diminuto fragmento debido a que tenía la cabeza hundida con tanta insistencia en el ijar de la lechera. No lograba