desasosiego para sus nervios. Un trozo de papel manchado de sangre, venido de algún basurero de carnicería, aleteaba arriba y abajo por el camino más allá de la cancela; demasiado endeble para reposar, demasiado pesado para echar a volar; y unas cuantas pajas le hacían compañía.
El segundo toque había sido más fuerte, y aun así no salía nadie.
Luego salió del porche, abrió la verja y cruzó al otro lado. Y aunque miró con desconfianza la fachada de la casa como si estuviera tentada de volver, cerró la verja con un suspiro de alivio.
La perseguía el presentimiento de que la habían reconocido (aunque no sabía cómo) y se había dado orden de no dejarla entrar.
Tess llegó hasta la esquina. Había hecho todo lo que podía hacer; pero, decidida a no eludir la zozobra presente a costa de un sufrimiento futuro, volvió a caminar pasada la casa por completo, mirando hacia todas las ventanas.
Ah—la explicación era que estaban todos en la iglesia, absolutamente todos. Recordaba haberle oído decir a su esposo que su padre siempre exigía que la casa entera, servicio incluido, fuera al servicio matutino y que, por consiguiente, al volver comieran comida fría. Por lo tanto, solo era necesario esperar a que terminara el oficio. No llamaría la atención esperando en el mismo lugar, y emprendió la marcha para pasar de largo la iglesia y meterse en el callejón. Pero al llegar a la verja del cementerio la gente empezó a salir a torrente y Tess se vio en medio de la multitud.
La congregación de Emminster la miró como solo una congregación de feligreses de una pequeña localidad rural que regresa a casa tranquilamente puede mirar a una mujer fuera de lo común a la que percibe como una desconocida.