Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XVIII

Por primera vez en los últimos años podía leer según le inclinaban sus reflexiones, sin ningún propósito de empollar para una profesión, ya que los pocos manuales de agricultura que consideró conveniente dominar le ocupaban muy poco tiempo.

Se distanció de sus antiguas asociaciones y vio algo nuevo en la vida y en la humanidad. De forma secundaria, entabló estrecha relación con fenómenos que antes solo conocía vagamente: las estaciones en sus estados de ánimo, la mañana y la tarde, la noche y el mediodía, los vientos en sus diferentes caracteres, los árboles, las aguas y las nieblas, las sombras y los silencios, y las voces de las cosas inanimadas.

Las primeras horas de la mañana aún eran lo suficientemente frescas como para que se agradeciera el fuego en la gran sala donde desayunaban; y, por orden de la señora Crick, quien sostenía que él era demasiado distinguido para comer revuelto en su mesa, era costumbre de Angel Clare sentarse en el amplio rincón de la chimenea durante la comida, colocándosele la taza y el plato sobre una tabla abatible a su codo.

La luz de la larga, ancha y ajimezada ventana de enfrente iluminaba su rincón y, ayudada por una luz secundaria de cualidad fría y azulada que bajaba por la chimenea, le permitía leer allí con facilidad siempre que le apetecía hacerlo.

Entre Clare y la ventana se encontraba la mesa en la que se sentaban sus compañeros, cuyos perfiles masticadores se recortaban nítidamente contra los cristales; mientras que a un lado estaba la puerta de la lechería, a través de la cual eran visibles las bateas rectangulares en filas, llenas hasta el borde con la leche de la mañana.

En el extremo más alejado se podía ver la gran mantequera girando, y se oía su chapoteo; la fuerza motriz se divisaba a través de la ventana bajo la forma de un caballo desanimado que caminaba en círculos, arriado por un muchacho.

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