—¡No—ojalá lo fuera! —murmuró Tess.
Angel, en realidad, con razón o sin ella (por adoptar la fórmula prudente de los polemistas evasivos), prefería los sermones en las piedras a los sermones en las iglesias y capillas los hermosos días de verano. Esta mañana, además, había salido para ver si los daños causados en el heno por la crecida eran considerables o no. En su paseo observó a las muchachas desde larga distancia, aunque ellas habían estado tan ocupadas con las dificultades del paso que no lo habían visto. Sabía que el agua había subido en ese punto y que eso detendría por completo su avance. Así que se había apresurado, con una vaga idea de cómo podía ayudarlas, a una de ellas en particular.
El cuarteto de mejillas sonrosadas y ojos vivos se veía tan encantador con sus ligeros atuendos de verano, aferrado al talud del camino como palomas en la pendiente de un tejado, que él se detuvo un momento a contemplarlas antes de acercarse.
Sus faldas de gasa habían levantado de la hierba innumerables moscas y mariposas que, incapaces de escapar, permanecían enjauladas en el tejido transparente como en un aviario.
La mirada de Angel recayó por fin en Tess, la última de las cuatro; ella, llena de una risa contenida por el apuro en el que se encontraban, no pudo evitar devolverle la mirada de un modo radiante.
Llegó por debajo de ellos en el agua, la cual no le llegaba por encima de sus largas botas; y se quedó mirando a las moscas y mariposas atrapadas.
—¿Intentan llegar a la iglesia? —le dijo a Marian, que iba al frente, incluyendo en su comentario a las dos siguientes, pero evitando a Tess.
—Sí, señor; y se está haciendo tarde; y a mí se me suben los colores tanto...
“Las llevaré a través del charco... a todas y cada una de ustedes”.