A la última vuelta de Joan al carruaje, una hora después, cuando su búsqueda de alojamiento aún había resultado infructuosa, el arriero del carro dijo que había que descargar la mercancía, ya que los caballos estaban medio muertos y él tenía la obligación de regresar al menos una parte del camino esa noche.
—Muy bien, descargadlo aquí —dijo Joan con imprudencia—. Ya buscaré algún refugio en otra parte.
El carruaje se había detenido junto a la tapia del cementerio, en un rincón apartado de la vista, y el cochero, de muy buena gana, no tardó en bajar el pobre montón de enseres domésticos.
Hecho esto, ella le pagó, reduciéndose con ello casi hasta su último chelín, y él se marchó y los dejó, sumamente contento de librarse de seguir tratando con semejante familia.
Era una noche seca, y calculó que no les pasaría nada malo.
Tess miró con desesperación el montón de muebles. La fría luz solar de aquella tarde de primavera se asomaba con envidia sobre las vasijas y las teteras, sobre los manojos de hierbas secas que temblaban con la brisa, sobre los tiradores de latón de la alacena, sobre la cuna de mimbre en la que todos habían sido mecidos y sobre la caja del reloj bien bruñida, todo lo cual emitía el brillo reprochable de los enseres de interior abandonados a las vicisitudes de una intemperie para la que nunca fueron hechos. Alrededor había colinas y laderas despojadas de sus parques —ahora divididas en pequeños potreros— y los cimientos verdes que indicaban dónde estuvo antaño la mansión de los d’Urberville; también una extensión apartada de Egdon Heath que siempre había pertenencido a la finca. Muy cerca, la nave de la iglesia llamada la Capilla de los d’Urberville contemplaba la escena con imperturbabilidad.
—¿Es que la cripta de vuestra familia no es de vuestra entera propiedad? —dijo la madre de Tess, al regresar de una batida de reconocimiento por