Podría haber comprendido que lo que había inclinado su cabeza tan profundamente —el pensamiento de la inquietud del mundo ante su situación— se fundaba en una ilusión. Ella no era una existencia, una experiencia, una pasión, una estructura de sensaciones, para nadie más que para sí misma. Para todo el resto de la humanidad, Tess era tan solo un pensamiento fugaz. Incluso para sus amigos no era más que un pensamiento que cruzaba por su mente con frecuencia. Si se consumía de desdicha la noche y el día enteros, para ellos solo significaba esto: «Ah, se hace desgraciada». Si intentaba estar alegre, desterrar toda preocupación, disfrutar de la luz del día, de las flores, del bebé, para ellos ella solo equivalía a esta idea: «Ah, lo sobrelleva muy bien». Es más, estando sola en una isla desierta, ¿se habría sentido desgraciada por lo que le había sucedido? No gran cosa. Si hubiera acabado de ser creada, para encontrarse a sí misma como una madre sin esposo, sin más experiencia de la vida que la de ser progenitora de un hijo sin nombre, ¿le habría causado la situación motivo de desesperación? No, se lo habría tomado con calma y habría hallado placer en ello. La mayor parte de la miseria había sido engendrada por su aspecto convencional, y no por sus sensaciones innatas.
Fuera cual fuese el razonamiento de Tess, algún espíritu la había inducido a arreglarse con pulcritud como solía hacerlo antes, y a salir a los campos, ya que los segadores eran muy necesarios por entonces.
Por eso se había comportado con dignidad y había mirado a la gente cara a cara con serenidad en ocasiones, incluso cuando llevaba al bebé en brazos.
Los segadores se levantaron de la gavilla de trigo, estiraron sus miembros y apagaron sus pipas. Los caballos, que habían sido desengañados y alimentados, fueron atados de nuevo a la máquina escarlata.