Este estado de ánimo penitencial le impedía fijar el día de la boda. A principios de noviembre la fecha seguía en el aire, a pesar de que él se lo pedía en los momentos más tentadores. Pero el deseo de Tess parecía ser el de un noviazgo perpetuo en el que todo permaneciera tal y como estaba entonces.
Los prados estaban cambiando ya; pero aún hacía el calor suficiente a primera hora de la tarde, antes del ordeño, como para holgazanear allí un rato, y el estado de las faenas lecheras en esta época del año permitía una hora libre para el ocio.
Mirando por encima del césped húmedo en dirección al sol, una ondulación brillante de telas de araña era visible a sus ojos bajo el astro, como la estela de la luz de la luna en el mar.
Los mosquitos, ajenos a su breve glorificación, deambulaban por el brillo de este sendero, irradiados como si llevaran fuego en su interior, para luego salir de su trayectoria y extinguirse por completo.
En presencia de estas cosas, él le recordaba que la fecha seguía siendo la cuestión.
O le preguntaba de noche, cuando la acompañaba en alguna misión inventada por la señora Crick para darle la oportunidad. Esto era principalmente un viaje a la granja en las laderas sobre el valle, para averiguar cómo iban las vacas avanzadas en el corral de paja al que eran relegadas. Pues era una época del año que traía grandes cambios al mundo del ganado bovino. Lotes de animales eran enviados a diario a este hospital de maternidad, donde vivían sobre paja hasta que nacían sus terneros, tras lo cual, y tan