gustas nada! ¡Te odio y te aborrezco! ¡Me volveré con mamá, eso es lo que haré!
El mal humor de D’Urberville se desvaneció al ver el de ella, y soltó una carcajada.
—Pues me gustas mucho más —dijo—. Venga, hagamos las paces. ¡Nunca más lo volveré a hacer en contra de tu voluntad. ¡Te lo juro por mi vida!
Aun así, no hubo forma de persuadir a Tess para que volviera a subir al carruaje. No obstante, no puso objeción a que él mantuviera su pescante junto a ella; y de este modo, a paso lento, avanzaron hacia el pueblo de Trantridge.
De vez en cuando, d’Urberville manifestaba una especie de fiera angustia al ver la caminata a la que su mala acción la había obligado. Bien es verdad que ahora podría haberse fiado de él sin temor; pero él le había retirado su confianza por el momento, y ella seguía en el suelo avanzando pensativa, como si se preguntara si sería más prudente regresar a casa.
Sin embargo, su decisión ya estaba tomada, y parecía pueril y voluble abandonarla ahora, a menos que mediaran razones de más peso. ¿Cómo podría presentarse ante sus padres, recuperar su baúl y desbaratar todo el plan para la rehabilitación de su familia por motivos tan sentimentales?
Unos minutos más tarde aparecieron a la vista las chimeneas de The Slopes y, en un rincón acogedor a la derecha, la granja avícola y la casita que eran el destino de Tess.