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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XVII

Una vez hubo un hombre anciano allí en Mellstock —de nombre William Dewy—, uno de la familia que solía hacer muchos negocios de trajineros por aquellos lares —Jonathan, ¿te acuerdas?—. Yo conocía al hombre de vista tan bien como a mi propio hermano, por decirlo de algún modo. Pues bien, este hombre venía de vuelta a casa de una boda, donde había estado tocando el violín, una hermosa noche de luna llena, y para abreviar tomó un atajo por Cuarenta Acres, un campo que queda por allí, donde había un toro suelto pastando. El toro vio a William y se fue tras él, con los cuernos bajados, ¡por Dios!; y aunque William corrió cuanto pudo y no llevaba mucho trago ENCIMA (teniendo en cuenta que era una boda y que la gente era pudiente), vio que jamás llegaría a la valla para saltarla a tiempo de salvarse. Bueno, como último recurso, sacó el violín mientras corría y arrancó con una jpa, volviéndose hacia el toro y retrocediendo hacia la esquina. El toro se calmó y se quedó quieto, mirando fijamente a William Dewy, que seguía y seguía tocando el violín; hasta que una especie de sonrisa se dibujó en la cara del toro. Pero tan pronto como William dejaba de tocar y se volvía para saltar el seto, el toro dejaba de sonreír y bajaba los cuernos hacia el trasero de los calzones de William. Pues bien, William tuvo que darse la vuelta y seguir tocando, mal que a su pesar; y apenas eran las tres en punto, y sabía que nadie pasaría por allí en horas, y estaba tan hambriento y cansado que no sabía qué hacer. Cuando hubo rasguinado las cuerdas hasta eso de las cuatro, sintió que de verdad tendría que rendirse pronto, y se dijo a sí mismo: «¡Solo me queda esta última melodía entre la salvación eterna y yo! ¡Dios me ampare, o estoy apañado!». Bueno, entonces le vino a la memoria cómo había visto a las ganaderías arrodillarse las Nochebuenas en lo más hondo de la noche. No era

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