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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XLI

Probablemente le habrían hecho un hueco en Talbothays, aunque solo fuera por pura compasión; pero, por muy cómoda que hubiera sido su vida allí, no podía volver. El anticlímax habría sido demasiado intolerable; y su regreso podría atraer el reproche sobre su idolatrado esposo. No habría podido soportar su compasión, ni sus comentarios en voz baja entre ellos sobre su extraña situación; aunque casi habría afrontado el conocimiento de sus circunstancias por parte de cada individuo de allí, siempre y cuando su historia hubiera permanecido aislada en la mente de cada uno. Era el intercambio de ideas sobre ella lo que hacía que su sensibilidad se encogiera. Tess no sabía explicar esta distinción; simplemente sabía que lo sentía.

Ahora se dirigía a una granja situada en las tierras altas del centro del condado, que le había sido recomendada a través de una carta errante que le había enviado Marian.

Marian se había enterado de algún modo de que Tess se había separado de su marido —probablemente por medio de Izz Huett— y la muchacha, bondadosa y dada ya a la bebida, al suponer que Tess estaba en apuros, se haba apresurado a comunicar a su antigua amiga que ella misma se había marchado a aquel paraje elevado tras dejar la lechería, y que le gustaría verla allí, donde había lugar para más braceros, si era verdad que volvía a trabajar como antaño.

Con el acortamiento de los días, toda esperanza de obtener el perdón de su esposo comenzó a abandonarla; y había algo del hábito del animal salvaje en el instinto irreflexivo con el que vagaba, desconectándose poco a poco de su agitado pasado a cada paso, borrando su identidad, sin prestar atención a accidentes o contingencias que pudieran hacer que otros descubrieran rápidamente su paradero, algo importante para su propia felicidad, si no para la de ellos.

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