Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
Página 220 de 608
Table of Contents

XXII

Todos habiéndose armado con viejos cuchillos puntiagudos, salieron juntos.

Como la planta enemiga solo podía estar presente en dimensiones muy microscópicas para haber escapado a la observación ordinaria, encontrarla parecía un intento bastante desesperado en la extensión de hierba frondosa que tenían ante sí.

Sin embargo, se colocaron en fila, ayudándose todos, debido a la importancia de la búsqueda; el lechero en el extremo superior con el señor Clare, que se había ofrecido a ayudar; luego Tess, Marian, Izz Huett y Retty; luego Bill Lewell, Jonathan y las lecheras casadas —Beck Knibbs, con su pelo negro y lanudo y sus ojos inquietos; y Frances la rubia, tísica por la humedad invernal de los prados de regadío—, que vivían en sus respectivas casitas.

Con los ojos fijos en el suelo, avanzaban lentamente a rastras por una franja del prado, volviendo un poco más abajo de tal modo que, al terminar, no quedaría ni una sola pulgada del pasto que no hubiera pasado ante los ojos de alguno de ellos.

Era una labor de lo más tediosa, pues en todo el campo no se descubrían más de media docena de brotes de ajo; sin embargo, tal era la pungencia de la hierba que probablemente un solo bocado de esta por una vaca había bastado para saborizar la producción de toda la lechería en el día.

Diferentes unos de otros en sus naturalezas y ánimos tanto como lo eran, formaban sin embargo, al inclinarse, una hilera curiosamente uniforme: automática, silenciosa; y a un observador extraño que pasara por el camino vecino se le habría podido perdonar muy bien que los agrupara bajo el apelativo de «Hodge». Mientras avanzaban arrastrándose, agachados para distinguir la planta, un suave brillo amarillo se reflejaba desde los ranúnculos en sus rostros ensombrecidos, dándoles un aspecto feérico y bañado por la luna, aunque el sol caía a plomo sobre sus espaldas con toda la fuerza del mediodía.

220