Al subir poco después a la habitación del frente en la planta baja, tomó un poco de costura, a la espera de que sus huéspedes tocaran la campanilla para poder retirar el desayuno, lo cual pensaba hacer ella misma para descubrir lo que pasaba, de ser posible. Arriba, mientras estaba sentada, pudo oír ahora que las tablas del suelo crujían ligeramente, como si alguien estuviera caminando por allí, y al poco rato el movimiento se explicó con el crujir de las prendas contra la barandilla, la apertura y el cierre de la puerta principal, y la figura de Tess pasando hacia la verja rumbo a la calle. Estaba completamente vestida ahora con el traje de calle de una joven adinerada con el que había llegado, con la única adición de que sobre su sombrero y sus plumas negras llevaba corrido un velo.
La señora Brooks no había podido captar ninguna palabra de despedida, temporal o de otro tipo, entre sus inquilinos en la puerta de arriba. Podían haberse peleado, o el señor d'Urberville seguía tal vez dormido, pues no era hombre de madrugar.
Se retiró a la habitación del fondo, que era más específicamente su propio aposento, y continuó allí con su costura. La huésped no regresó, ni el caballero tocó su campanilla. La señora Brooks meditó sobre la demora, y sobre la probable relación que el visitante que había llamado tan temprano guardaba con la pareja de arriba. Mientras reflexionaba, se reclinó en su silla.
Al hacerlo, sus ojos recorrieron el techo con desdén hasta que se detuvieron en una mancha en medio de su superficie blanca que nunca antes había visto allí. Tenía el tamaño de una oblea cuando la observó por primera vez, pero rápidamente creció hasta alcanzar el tamaño de la palma de su mano, y entonces pudo percibir que era roja.