La ciudad de Wintoncester, esa bella y vieja ciudad, antaño capital de Wessex, se tendía en medio de sus colinas convexas y cóncavas con todo el brillo y el calor de una mañana de julio.
Las casas de ladrillo con gabletes, tejas y piedra franca casi habían secado ya para la estación su revestimiento de líquenes, los arroyos de los prados bajaban escasos de caudal, y en la inclinada calle Mayor, desde la Puerta del Oeste hasta la cruz medieval, y desde la cruz medieval hasta el puente, se llevaba a cabo esa pausada labor de barrer y quitar el polvo que suele preceder a un día de mercado a la antigua usanza.
Desde la puerta occidental susodicha, el camino real, como todo habitante de Wintoncester sabe, asciende por una cuesta larga y uniforme de la longitud exacta de una milla medida, dejando las casas atrás de manera gradual.
Por este camino, procedentes del recinto de la ciudad, dos personas caminaban con rapidez, como si no fueran conscientes de la dura subida: inconscientes por estar preocupados y no por vitalidad. Habían salido a este camino por un portillo estrecho y con rejas en un muro alto un poco más abajo.
Parecían deseosos de perder de vista las casas y a los de su especie, y este camino parecía ofrecer el medio más rápido para lograrlo. Aunque eran jóvenes, caminaban con la cabeza inclinada, un andar de dolor al que los rayos del sol sonreían sin piedad.
Uno de los dos era Angel Clare, el otro una alta criatura en flor —mitad niña, mitad mujer—, una imagen espiritualizada de Tess, más esbelta que ella, pero con los mismos hermosos ojos: la cuñada de Clare, ’Liza-Lu.