Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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Capítulo XXXVIII

pertenencias. Le preguntó al guarda del peaje si podía dejar sus cosas en su casa por un tiempo y, al no poner este ningún reparo, despidió el coche de caballos y continuó hacia el pueblo sola por un callejón trasero.

Al divisar la chimenea de su padre, se preguntó: ¿Cómo iba a entrar jamás en la casa?

Dentro de aquella cabaña, sus parientes la suponían tranquilamente muy lejos, en un viaje de bodas con un hombre comparativamente rico, que iba a conducirla hacia una desahogada prosperidad; mientras que ella estaba allí, sin amigos, arrastrándose hacia la vieja puerta completamente sola, sin tener a dónde ir en el mundo que fuera un poco mejor.

No llegó a la casa sin ser vista. Justo al lado del seto del jardín se encontró con una muchacha que la conocía: una de las dos o tres con las que había tenido amistad íntima en la escuela. Tras hacerle algunas preguntas sobre cómo había llegado Tess hasta allí, su amiga, sin hacer caso de su mirada trágica, la interrumpió diciéndole:

—Pero ¿dónde está tu caballero, Tess?

Tess explicó apresuradamente que lo habían llamado por asuntos de negocios y, dejando a su interlocutor, saltó el seto del jardín y se dirigió así hacia la casa.

Al subir por el sendero del jardín oyó a su madre cantar junto a la puerta trasera; al llegar a la vista de esta, advirtió a la señora Durbeyfield en el umbral ocupada en escurrir una sábana. Tras haber hecho esto sin reparar en Tess, entró en la casa, y su hija la siguió.

La tina de lavar seguía en el mismo viejo lugar sobre el mismo viejo cuarto de barrica, y su madre, habiendo apartado la sábana, se disponía a sumergir los brazos de nuevo.

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