Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XLIII

—Le escribiré a Izz Huett —dijo—. Sé que está en su casa sin hacer nada ahora, y le diré que estamos aquí, y le pediré que venga; y tal vez Retty esté lo suficientemente bien ahora.

Tess no tenía nada que objetar a la propuesta, y lo siguiente que supo de aquel plan para importar las viejas alegrías de Talbothays fue dos o tres días después, cuando Marian le informó de que Izz había respondido a su pregunta y había prometido venir si podía.

No se recordaba un invierno igual desde hacía años. Llegó con sigilo y pasos medidos, como los movimientos de una partida de ajedrez.

Una mañana, los pocos y solitarios árboles y las espinas de los setos parecieron haberse quitado una cubierta vegetal para ponerse una animal. Cada ramita estaba cubierta por una pelusa blanca semejante al pelaje surgido de la corteza durante la noche, lo que triplicaba o cuadruplicaba su grosor habitual; el arbusto o el árbol entero formaba un llamativo dibujo de líneas blancas sobre el gris melancólico del cielo y del horizonte.

Las telarañas revelaron su presencia en cobertizos y paredes donde jamás se había advertido ninguna hasta que la atmósfera cristalizada las sacó a la luz, colgando como lazos de estambre blanco de los puntos salientes de los cobertizos, postes y cancelas.

Tras aquella temporada de humedad congelada vino una racha de helada seca, en la que extraños pájaros procedentes de más allá del Polo Norte empezaron a llegar silenciosamente a las tierras altas de Flintcomb-Ash; criaturas descarnadas y espectrales de ojos trágicos —ojos que habían presenciado escenas de un horror cataclísmico en regiones polares inaccesibles, de una magnitud que ningún ser humano había concebido jamás, a temperaturas escalofriantes que ningún hombre podría soportar—; que habían contemplado el choque de los icebergs y el desprendimiento de colinas de nieve bajo la luz fugaz de la aurora boreal;

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