siguió a la criada, que había tomado otras dos, hacia la mansión contigua que, aunque ornamentada e imponente, mostraba indicios por todas partes en este lado de que algún ocupante de sus habitaciones podía inclinarse hacia el amor por las criaturas mudas —plumas flotando a la vista de la fachada y gallineros sobre el césped—.
En un salón de la planta baja, arrellanada en un sillón de espaldas a la luz, se encontraba la propietaria y ama de la finca, una mujer de cabellos blancos que no pasaba de los sesenta años, o incluso menos, y que llevaba un gran gorro. Su rostro tenía la movilidad frecuente en aquellos cuya vista se ha ido deteriorando por etapas, por la que se ha luchado laboriosamente y a la que se ha renunciado de mala gana, en lugar del semblante estancado que se advierte en las personas ciegas desde hace mucho tiempo o de nacimiento. Tess se acercó a esta señora con sus pupilos plumíferos —uno sentado en cada brazo—.