que ella levantara esa prohibición pronto. Proponía que la pareja adoptara el propio apellido de Tess, d’Urberville, en su forma incorrupta. Era mejor que el de su marido. Preguntó si había llegado alguna carta de ella ese
Entonces la señora Durbeyfield le informó que no había llegado ninguna carta, pero Tess, por desgracia, había venido ella misma.
Cuando por fin le explicaron el descalabro, una mortificación hosca, inusual en Durbeyfield, se impuso al influjo de la copa reconfortante. Con todo, la cualidad intrínseca del acontecimiento conmovió su susceptible delicadeza menos que el efecto que se imaginaba que tendría en las mentes de los demás.
—¡Pensar ahora que este iba a ser el final de todo! —dijo sir John—. ¡Y yo con una cripta familiar bajo aquella iglesia de Kingsbere tan grande como la bodega de cerveza del terrateniente Jollard, y los míos reposando allí a troche y moche, tan genuinos huesos y tuétano de condado como los que más figuran en la historia! ¡Y ahora, a buen seguro, lo que esos tipos de Rolliver y El Gota Pura van a decir de mí! ¡Cómo me mirarán de soslayo y reojo, y dirán: «Este es vuestro gran casamiento, ¿no?; ¡esta es vuestra vuelta al verdadero nivel de vuestros antepasados en tiempos del rey normando!»! Siento que esto es demasiado, Joan; voy a acabar conmigo mismo, ¡título y todo!; ¡no lo soporto más!… Pero ¿ella puede obligarlo a mantenerla si se han casado?
—Pues sí. Pero a ella no se le va a ocurrir hacer eso.
—¿Crees que de verdad se habrá casado con ella?, ¿o será como la primera...?
Pobre Tess, que había escuchado hasta allí, no pudo soportar oír más. La percepción de que se pudiera dudar de su palabra aun allí, en la propia casa de sus padres, indispuso su ánimo contra aquel lugar como ninguna