libre, los bancales que cada sucesivo dueño de casa había moldeado cuidadosamente con su pala eran destrozados por los gallos de la forma más salvaje.
El jardín en el que se encontraba la cabaña estaba rodeado por un muro, y solo se podía entrar a él a través de una puerta.
Cuando Tess se hubo ocupado durante cosa de una hora a la mañana siguiente en alterar y mejorar los arreglos, de acuerdo con sus expertas ideas como hija de un pollero de profesión, la puerta del muro se abrió y una criada con cofia y delantal blancos entró. Venía de la casa solariega.
—La señora d’Urberville quiere las aves como de costumbre —dijo; pero al ver que Tess no terminaba de entender, le explicó—: La señora es una anciana y está ciega.
—¡Ciega! —dijo Tess.
Casi antes de que su inquietud ante la noticia tuviera tiempo de tomar forma, tomó, bajo la dirección de su compañera, dos de las más hermosas gallinas de Hamburgo en brazos y