—Una forma muy fácil de notar que se van —continuó Tess—, es tumbarse en la hierba por la noche y mirar fijamente a alguna estrella grande y brillante; y, fijando la mente en ella, pronto descubrirás que estás a cientos y cientos de millas de tu cuerpo, el cual parece que no te hace ninguna falta.
El lechero apartó su dura mirada de Tess y la fijó en su mujer.
“Pues sí que es cosa rara, Christianer, ¿eh? Pensar en las millas que he pateado en noches de estrella estos últimos treinta años, de novios, o comerciando, o por el médico, o de enfermero, y sin embargo no haber tenido la menor noción de eso hasta ahora, ni haber sentido que mi alma se alzara ni una pulgada por encima del cuello de la camisa”.
Al llamar la atención general sobre ella, incluida la del discípulo del lechero, Tess se sonrojó y, comentando evasivamente que era solo una ocurrencia, reanudó su desayuno.
Clare continuó observándola. Pronto terminó de comer y, al ser consciente de que Clare la miraba, comenzó a trazar dibujos imaginarios en el mantel con el dedo índice, con la incomodidad de un animal doméstico que se sabe observado.
—¡Qué fresca e virginal hija de la Naturaleza es esa lechera! —se dijo a sí mismo.
Y entonces le pareció discernir en ella algo familiar, algo que lo transportaba a un pasado alegre e imprevisor, antes de que la necesidad de cavilar hubiera vuelto grises los cielos. Concluyó que la había visto antes; dónde, no sabría decirlo. Con toda seguridad se había tratado de un encuentro casual durante algún paseo por el campo, y no sentía mayor curiosidad al respecto. Pero la circunstancia fue suficiente para llevarlo a elegir a Tess por encima de las otras lindas lecheras cuando deseaba contemplar a la feminidad